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El astillero

Solaris Catamarans

1 en venta

Solaris nunca tuvo un diseñador de la casa, y eso es lo primero que conviene saber antes de comprar uno. El astillero construyó catamaranes en Southampton entre 1974 y 2000, y para cinco modelos contrató tres lápices distintos: el Solaris 42 y el Sunrise 36 fueron encargos a medida al arquitecto naval británico Terry Compton; el Sunstream 40 salió del Cherokee 35 que J.R. Rod Macalpine-Downie había dibujado para Sailcraft; y el Sunstar 36 y el 32 nacieron de moldes sacados sobre planos del francés Eric Lerouge. Un astillero organizado así tiene una filosofía de fabricación, no de diseño, y la consecuencia práctica es que sus barcos no comparten carácter. No existe eso de «cómo navega un Solaris»: existe cómo navega un Compton, cómo navega un Lerouge y cómo navega un casco descendiente de un Macalpine-Downie.

Ese último apellido es el que hay que reconocer. Macalpine-Downie codiseñó el Lady Helmsman, que ganó tres veces el trofeo internacional de la clase C a partir de 1966, fue el primero en desarrollar el mástil ala y el aparejo una, y más tarde dibujó los Crossbow, que llevaron el récord mundial de velocidad a vela más allá de los cuarenta nudos. Nada de eso va dentro del barco que tenemos, y la distinción importa: el nuestro es del extremo Lerouge del catálogo, no del extremo Macalpine-Downie.

Esto es lo que tenemos del astillero: 1 en la estantería pública, 1992, pidiendo 87.500 $, de un total de 1 que seguimos en cualquier parte y 1 de sus modelos. Un fondo de ese tamaño no puede decirte lo que piensa el mercado; solo puede ponerte delante un barco real con una cifra real:

1992 Solaris Catamarans Sunstar 32
1992 Solaris Catamarans Sunstar 32 · $87,500 — Un Sunstar 32 de 1992 en West Palm Beach — diseño de Lerouge, treinta y cuatro años encima y el único Solaris de nuestra estantería.
foto y anuncio en el bróker ↗

Y ahora la parte que un comprador tiene que oír, porque cambia la manera de acercarse a este barco. El relato más completo del astillero que existe —del que salen las atribuciones de arriba— no le pone ni una pega, y tampoco se la pone nada de lo que hemos podido encontrar en inglés o en francés: no sobrevive ninguna prueba de revista en un archivo accesible, no hay asociación de propietarios cuya existencia hayamos podido verificar, y no hay historial de llamadas a revisión. Ese silencio tiene una causa de lo más corriente. Era un constructor pequeño que cerró hace veintiséis años, en una época cuya prensa náutica británica está en su mayor parte fuera de internet, y se botaron demasiado pocos cascos para que sus defectos llegaran a ser conocimiento común como lo son los de un Prout o los de un Catalina. Así que la protección habitual del mercado de ocasión —saber lo que le pasa a estos barcos antes de ir a ver uno— aquí sencillamente no está a tu alcance, y el peritaje deja de ser un trámite para ser toda la base de pruebas que vas a tener. En un barco de treinta y cuatro años del que se dice que lleva la obra muerta con núcleo de espuma, eso significa que medir la humedad del núcleo no es un extra opcional, y que el comprador debe dar por supuesto que detrás de nada de aquello queda un canal de recambios.

En el otro plato de la balanza, lo que sí dice el expediente es coherente: a estos barcos se les reconoce estabilidad, seguridad y un buen aprovechamiento del espacio, y del Sunstar de 1992 se cuenta que está construido con solidez y que lleva un aparejo bien equilibrado que puede manejar una sola persona. Es una descripción justa de un buen catamarán pequeño de crucero, y vale exactamente lo que vale siempre una reputación que nadie ha examinado. Cómprate uno si eres de los que prefieren la palabra de un perito a la de un foro, y si un barco sin red de apoyo detrás te suena a proyecto y no a riesgo. Cómprate otra cosa si lo que quieres es el respaldo de una flota: una asociación de clase, un proveedor de recambios, cien propietarios que ya se equivocaron por ti. El modelo es el Sunstar 32, y el resto de lo que vigilamos a vela y con dos cascos está en la estantería de catamaranes.

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